jueves, 14 de abril de 2011

Ni tarde ni temprano by yani

Ella se sentó en ese bar, el de la esquina, antiguo, de los pocos que quedan en la ciudad, y que conservan ese aire gris, cansino, como de otra época y que invita a sentarse, a mirar por una ventana con la mirada perdida. Poca luz, poco ruido, ninguna televisión encendida y sintonizada en los canales de siempre, con los personajes de siempre, casi un milagro pensó, pocos comensales y mozos experimentados acodados en la barra. Esos que saben de la vida, porque toda la vida fueron mozos, que con una mirada sacan radiografías y las entregan junto al menú, con una sonrisa irónica como diciendo que el diagnóstico elaborado no será entregado de la misma forma, que queda en ellos, en su sonrisa irónica y en su saber acumulado, sobre esa barra, en ese bar, en esa esquina.
Esperaba, sin ansiedad, pero esperaba. Sabía que tenía una cita a la que no podía faltar, pero a la que no quería ir. Es el día, pensó, no hay forma de seguir eludiendo el momento, tampoco le encontró el sentido. Demorar porque sí, alargar sin sentido, tampoco es vida.
La vio entrar, y sin conocerla supo que era ella; la ausencia de ansiedad no había generado expectativas, por lo tanto, se dejó llevar por las sensaciones que se agolpaban como novedad, y de a poco se sintió eclipsada, absorta, invadida. El poco ruido, los pocos comensales, la poca luz, simplemente desaparecieron. Sólo eran ellas dos. Se levantó, y con un gesto separó la silla de la mesa para invitarla a sentarse. Su presencia era conocida, deja vú quizás de otra vida. Su mirada, su perfume, su prestancia, su altura, pero por sobre todo su mirada, le hicieron comprender que no había postergado el encuentro ni estaba llegando anticipadamente, ni tarde ni temprano: la hora señalada, en el momento justo. Antes, pensó, no la hubiese reconocido a su llegada, no me hubiera detenido en su figura, y después, qué importa del después, o en realidad sí importa, y después hubiese sido demasiado tarde… e inmediatamente vino a su cabeza  la imagen de esas frutas agrias que quedan abandonadas en las ramas de los árboles, pendiendo de un hilo, desfiguradas, pasadas, sin sentido.
Tomaron un café, establecieron las pautas del encuentro en silencio y repasaron los acontecimientos que las habían llevado hasta esa taza de café, uno por uno, sin prisas, sin palabras, sin reproches, sin medidas. Ella sabía que se habían cruzado un par de veces; una en particular había llamado su atención pero no lo suficiente, te vi una vez de cerca y tampoco hablamos, no me detuve, recordó, no me detuve lo suficiente o estuve ahí como podía.
A partir de hoy nos vamos a cruzar más seguido, le contestó, adivinando sus pensamientos, y vas a tener tiempo de detenerte, y tomarte un café, y hablar, y pensar en mí de otra manera. A partir de hoy voy a ser parte de tu cotidiano, parte del paisaje. A partir de hoy vas a pensar en mí sin necesidad de encontrarnos. Antes no era necesario. Es la ley de la vida, no en vano transcurren las horas. Y fueron sus únicas palabras. O lo que ella creyó escuchar como sus únicas palabras.
Palabras que la ubicaron en tiempo y espacio de una manera única y casi indescriptible, fue como si todo estuviese en su lugar al menos por un segundo, el pasado, ese instante, lo que resta… y de repente comprendió en esas tres palabras el significado de aquel encuentro: el tiempo que queda por delante no es todo el tiempo, es el tiempo que resta, es empezar a volver de algún lugar hacia un destino. Es otro tiempo, otro ritmo, otras luces, otros pasos.
Y ella no tuvo palabras, simplemente levantó los ojos y la miró como si todo el tiempo que restaba pudiese gastarlo en aquella mirada.
Y ambas se perdieron a través de esos vidrios, mirando sin ver, en ese bar, de esa esquina, con poca luz, pocos comensales, poco ruido, desde donde se puede espiar a una ciudad en movimiento, o que al menos cree que se mueve.

Yani Azzolina

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