martes, 26 de agosto de 2014

Casa Tomada



Julio Cortázar

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la mas ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las ultimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y como nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejo casarnos. Irene rechazo dos pretendientes sin mayor motivo, a mi se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No se porque tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mi, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina. Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene que pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mi se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.
Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte mas retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte mas retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo mas estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble como se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.
Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venia impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tire contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
-¿Estás seguro?
Asentí.
-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mi me gustaba ese chaleco.
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.
-No está aquí.
Y era una cosa mas de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.
Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerza, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene estaba contenta porque le quedaba mas tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papa, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.
(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en vos mas alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamo la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían mas fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.
-No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

miércoles, 10 de abril de 2013

Existimos (by yani)







“Existimos”

Ese fue mi primer pensamiento cuando la madrugada del 15 de julio de 2010 fue aprobada la ley de matrimonio igualitario en Argentina, mi país de origen, donde nací. Y eso fue lo que me dijeron mis amigos cuando nos abrazamos festejando dicho hecho.  Hasta ese instante no había dimensionado exactamente el significado de que se aprobara dicha ley. No viví de cerca todo el proceso de lucha que implicó su aprobación ya que resido en Uruguay, hace unos años ya. Pero si fui testigo de las implicancias que tuvo su aprobación tanto a nivel personal, como grupal y más claramente en el terreno de la sociedad en su conjunto.
Este hecho generó que yo me replanteara volver a la militancia política, que en mi país se había desarrollado en las filas del feminismo y del movimiento de mujeres en general. Quería ser parte de un proceso como el que vi en Argentina y encontraba una vez más un  motivo para volver a la práctica política superando cansancios, desilusiones y cuestionamientos variopintos.
Decido participar del Colectivo Ovejas Negras en Uruguay , que desarrolla su práctica política por los derechos de la diversidad sexual y de las personas GLTBI, sabiendo que estaban también en proceso de empezar a luchar por la aprobación de la misma ley en el país.
Como militante desde una ideología de “izquierdas” pensar en trabajar para que el matrimonio entre personas del mismo sexo sea un derecho, en principio suena mal, genera una contradicción entre querer cambiar el sistema, sus formas opresivas, sus instituciones no menos opresivas  y pedir que nos incluyan en todo eso. Es como trabajar para de alguna forma “incluirnos” en todo eso que queremos “deconstruir”.
En mi caso, la diferencia y mi decisión de volver a la práctica política por la aprobación de la ley estuvo marcada por esa sensación de “existimos”. Solo en ese momento logré entender la dimensión de lo que se aprobaba y de alguna forma se resolvía la contradicción antes explicitada, o algo parecido.
Tener una práctica política para intentar cambiar lo que refiere a los mandatos, estereotipos y opresiones que pesan sobre el deseo sexual de cada uno y cada una, no conlleva implícitamente la consigna de cambiar las formas en que las personas nos relacionamos y lo que construimos como vínculo a partir del deseo sexual y/o el amor. Es en este sentido donde el matrimonio se presenta como la institución occidental – judeo - cristiana por excelencia a la hora de otorgar la mayor legitimidad social al vínculo establecido a partir del deseo sexual  y/o el amor. No solo lo legitima sino que le otorga al mismo tiempo las habilitaciones necesarias para su desarrollo en el ámbito de las relaciones sociales.
Es en este punto donde la comunidad GLTBI está un paso atrás del resto de las personas y donde yo creo que antes de ir un paso más allá en la crítica y en la deconstrucción de la institución matrimonio, debemos luchar por tener el mismo derecho que el resto ¿Por qué? ¿Por qué no conformarnos con otro nombre, con algo parecido o inventar algo nuevo? Porque precisamente lo que otorga la legitimidad y las habilitaciones sociales es el “matrimonio” así como lo conocemos hoy.
Y esta legitimidad es lo que se traduce en “existimos” ¿es que antes no existíamos? se me podría preguntar muy coherentemente. Por supuesto que si, la novedad de la “existencia” deviene de la “pertenencia”, existimos se podría traducir en este caso en “pertenecemos”, nuestros vínculos existen socialmente, son reconocidos como iguales al resto y esto les otorga el mismo status social, lo que también se puede traducir en la adquisición de las habilitaciones sociales, políticas y económicas de los matrimonios heterosexuales, lo que no es poco.
Aquí es donde aparece el siguiente cuestionamiento, donde vuelve a surgir la contradicción: ¿eso es lo que queremos? ¿pertenecer a algo que criticamos? En lo personal casarme o el matrimonio nunca estuvo en mi lista de cosas para hacer en esta vida. No fue un anhelo, no fue un sueño, no fue una meta, no fue. Y si era, era sólo en términos de visión crítica y ácida. De hecho creo que mi generación hizo todo un esfuerzo por tratar de inventar otra cosa que rompiera con el modelo de matrimonio que aprehendimos de las generaciones predecesoras.
Sin embargo a partir de la aprobación de la ley en Argentina, casarme me parece una de las cosas más revolucionarias que puedo hacer con mi vida. Fundamentalmente porque como aprendí en los días de militancia por el derecho al aborto, en estas sociedades que habitamos las leyes tienen ese efecto de derecho positivo, de derecho adquirido que influye en los imaginarios sociales, y en las cuestiones que se aceptan o no por la mayoría, en lo que está bien, en lo que está mal, lo “normal” lo “natural”. Y esos imaginarios resultan al fin de cuentas como pilares de lo que se constituye y delimita como la aceptación social.
Y ese efecto en la sociedad actual con vistas a las generaciones que vienen me parece fundamental. No es menor trabajar por suscitar las garantías necesarias para que las personas puedan vivir libremente su sexualidad. Y claramente no es lo mismo haber nacido, crecido y vivido en sociedades donde cualquier práctica sexual por fuera de la heteronorma haya sido ocultada, negada (en el mejor de los casos), perseguida y castigada (en el peor), que nacer en sociedades donde esa situación sea una más de las tantas posibles. Y esto, creo yo, genera que existan mayores “garantías” (no me van a hechar del trabajo, no me va a rechazar mi familia, no voy a perder afectos, etc., etc.,) para que la gente salga del “closet”, asuma su deseo y lo viva libremente.
Y si bien esto se puede lograr de infinitas maneras, el efecto que causa la “institucionalización del matrimonio entre personas del mismo sexo” (sobre todo en la victoria que se consigue en la batalla ideológica contra la iglesia católica y la derecha conservadora en general) es, a mi entender, muy difícil de desaprovechar.
La aprobación de la ley, su sola existencia como tal, y las prácticas legitimadas que suscita socialmente, tienen un efecto concreto e inmediato, e incluso iría más allá de la coyuntura de poder tener avances concretos solo cuando los gobiernos de turno estuviesen dispuestos a generar las políticas públicas acordes a la cuestión. Que quede claro, no suplanta nada de todo esto, pero si creo que suma de manera contundente al impactar en la conciencia y en el inconsciente colectivo de una manera tan clara y con tanto peso.
Uno de los aportes fundamentales del feminismo como teoría política, a mi modesto entender, es esta idea de que “lo personal es político”, uniendo de manera magistral los pequeños actos de nuestra vida cotidiana a un colectivo, a una comunidad, a lo “social” en definitiva. Haciéndonos responsables y partícipes necesarios de que la sociedad la construimos también desde lo “privado”, desde el hogar, desde la propia vida, todos los días. Las decisiones personales, lo que hacemos o dejamos de hacer tienen una dimensión política. A quien amamos, cómo lo amamos, a quién deseamos, lo que hacemos con ese deseo, las relaciones que construimos, los vínculos que establecemos tienen una dimensión política. Y es desde esta perspectiva por la que trabajé para que el matrimonio igualitario sea una realidad.
Y desde la que creo que también podemos mostrar que las formas establecidas y socialmente aceptadas no deben ser necesariamente las únicas. Esa institución llamada matrimonio, tan aparentemente ancestral y “natural”, que hasta ayer solo se creía legítima para personas heterosexuales hoy tiene otra forma. El matrimonio como modelo de relacionamiento, como modelo de vínculo pensado de una forma y para siempre también puede cambiar y de hecho está cambiando.
Generar estos pequeños quiebres en los ámbitos que se creían naturalizados e inamovibles, que nos son dados e inculcados como lo que “es” sin invitación a cuestionarlo, respaldados por actores sociales que se presentan casi como invencibles en el sostenimiento de todo este “orden establecido”, es ver que el cambio es posible, que la transformación no es solo una utopía. Que todo se construye. Y que tod@s somos protagonistas de esa construcción.

“Hay quienes ven la realidad
y se preguntan ¿por qué?
Hay quienes se la imaginan
como nunca había sido
y se preguntan ¿por qué no?”

(Bernard Shaw)


Yanina Azzolina
2013

sábado, 10 de noviembre de 2012

Arena - Oliverio Girondo


Arena,
y más arena
y nada más que arena.

De arena el horizonte.
El destino de arena.
De arena los caminos.
El cansancio de arena.
De arena las palabras.
El silencio de arena.

Arena de los ojos con pupilas de arena.
Arena de las bocas con los labios de arena.
Arena de la sangre de las venas de arena.

Arena de la muerte
de la muerte de arena.

¡Nada más que arena!





sábado, 14 de julio de 2012

Perlongher




















Por qué seremos tan perversas, tan mezquinas

(tan derramadas, tan abiertas)
y abriremos la puerta de la calle al
monstruo que mora en las esquinas, o
sea el cielo como una explosión de vaselina
como un chisporroteo, como un tiro clavado en la nalguicie -y
por qué seremos tan sentadoras, tan bonitas
los llamaremos por sus nombres cuando todos nos sienten
(o sea, cuando nadie nos escucha)
por qué seremos tan pizpiretas, charlatanas
tan solteronas, tan dementes


por qué estaremos en esta densa fronda
agitando la intimidad de las malezas
como una blandura escandalosa cuyos vellos se agiten muellemente
al ritmo de un música tropical, brasilera


por qué
seremos tan disparatadas y brillantes
abordaremos con tocado de pluma el latrocinio
desparramando gráciles sentencias
que no retrasarán la salva, no
pero que al menos permitirán guiñarle el ojo al fusilero
por qué seremos tan despatarradas, tan obesas
sorbiendo en lentas aspiraciones el zumo de las noches
peligrosas
tan entregadas, tan masoquistas, tan
-hedonísticamente hablando-
por qué seremos tan gozosas, tan gustosas
que no nos bastará el gesto airado del muchacho,
su curvada muñeca:
pretendemos desollar su cuerpo
y extraer las secretas esponjas de la axila
tan denostadas, tan groseras
por qué creeremos en la inmediatez,
en la proximidad de los milagros
circuidas de coros de vírgenes bebidas y asesinos dichosos
tan arriesgadas, tan audaces
pringando de dulces cremas los tocadores
cachando, curioseando
por qué seremos tan superficiales, tan ligeras
encantadas de ahogarnos en las pieles
que nos recuerdan animales pavorosos y extintos,
fogosos, gigantescos
por qué seremos tan sirenas, tan reinas
abroqueladas por los infinitos marasmos del romanticismo
tan lánguidas, tan magras
por qué tan quebradizas las ojeras, tan pajiza la ojeada
tan de reaparecer en los estanques donde hubimos de hundirnos
salpicando, chorreando la felonía de la vida
tan nauseabunda, tan errática.



miércoles, 25 de abril de 2012

Roberto Juarroz





"Así como no podemos
sostener mucho tiempo una mirada,
tampoco podemos sostener mucho tiempo la alegría,
la espiral del amor,
la gratuidad del pensamiento,
la tierra en suspensión del cántico.

No podemos ni siquiera sostener mucho tiempo
las proporciones del silencio
cuando algo lo visita.
Y menos todavía
cuando nada lo visita.

El hombre no puede sostener mucho tiempo al hombre,
ni tampoco a lo que no es el hombre.

Y sin embargo puede
soportar el peso inexorable
de lo que no existe".




"Un amor más allá del amor,
por encima del rito del vínculo,
más allá del juego siniestro
de la soledad y de la compañía.
Un amor que no necesite regreso,
pero tampoco partida.
Un amor no sometido
a los fogonazos de ir y de volver,
de estar despiertos o dormidos,
de llamar o callar.
Un amor para estar juntos
o para no estarlo
pero también para todas las posiciones
intermedias.
Un amor como abrir los ojos.
Y quizá también como cerrarlos".







martes, 27 de marzo de 2012

emergida (by yani)


















No podía levantarme de la cama, la pesadez del cuerpo, que arrastraba días de mal sueño,
tabaco más tabaco más tabaco, corridas, nervios, pensar más pensar más pensar,
las articulaciones como engranajes viejos, que no terminan de encontrarse para levantar el esqueleto, 
hueso por hueso, miembro por miembro, arrastrando los pedazos de carne adosada...
ese corpos integrado y perfecto del dibujo de Miguel Angel, 
que ya no es un cuerpo,
ni integrado ni perfecto...
son pedazos que sobreviven cada uno por su lado,
los huesos, los nervios, los miembros, las arterias, los músculos…
ya no ser un cuerpo
o ser un cuerpo disociado
desintegrado

desintegrada
no puedo sentarme, no puedo incorporarme, me desperté con un “alien” en el cuello, un elemento extraño que ayer a la noche no estaba, una inflamación que al tensarse me deja al borde del desmayo
es el hombro ¿el hombro? no el cuello ¿el cuello? los dos, los dos juntos, a la vez, se tensan me tensan, me voy, me estoy yendo, no te escucho, no te veo, me fui…
- pero… eso exactamente cuándo comenzó a manifestarse, ¿hace cuánto?- amanecí así, con esta inflamación a la altura del hombro y rozando el cuello del lado izquierdo y cada vez que quiero sentarme a los segundos me desmayo.
Así comenzaba mi itinerario frente al desfile de guardapolvos blancos preguntando…

encamillada
era la única posición en la que la tensión cedía y no me desmayaba: primera camilla, primera ambulancia encamillada, poco recomendable. “paro en salud pública” ¡obvio! ¿qué otro día voy a elegir para necesitar una cama de hospital? emergencias del clínicas se solidariza y allá vamos.

hospitalizada
las caras, sus caras de ¿y esto qué es? caras jóvenes, caras de ganas de aprender con mi alien recién aterrizado… hubo de todo y para todos los gustos pero los peores fueron los más sinceros:
“no tenemos ni idea de qué puede ser lo que tenés”
-¿se irá?-
-¿qué cosa?-
lo que tenga que irse para poder incorporarme de vuelta, no puedo sentarme, no controlo los movimientos para poder incorporarme, cada vez que lo intento una fuerza me empuja, me hunde, me postra, ¿se irá?

examinada
- ¿podés incorporarte para palpar la inflamación?- no garantizo más que unos segundos… y el espectáculo se repite según los contingentes de “ólogos” (ya no hay médicos, sólo especialidades) convocados a examinarme, que apenas observan que el tono de mi piel torna del color papel manteca me vuelven a recostar en la camilla:
-“es verdad lo que dice, si se incorpora, se desmaya”- clap!, clap!, clap!…
¿le molesta si le sacamos una foto? un futuro paper para presentar en algún congreso se empieza a vislumbrar. Comienzo a ser el caso estrella de la sala de emergencias.
¿antecedentes? dolor de cuello, qué comiste, dónde vivís, de dónde sos, te picó algo, comiste pescado, orégano… viste los cabitos del orégano… tabaco, alcohol, drogas, molestias en la piel, los ganglios inflamados, fiebre, ¿hipertensa? ¿diabética? ¿stress?
mil preguntas multiplicadas por rondas de 5 profesionales cada 8 horas
(no hay tiempo para leer las respuestas en la historia clínica que dice que fumo, y que sufrí un poco de stress los últimos meses como resumen de todos mis antecedentes, ah sí! no nos olvidemos de la varicela de chica)
¿se irá? ¿qué es esto? ¿de dónde salió? nunca escuché, no hay referencias…
tomografía primera tomografía
quizás, quizás, quizás un absceso retrofaríngeo produjo el edema que es la tumoración que ves en tu cuello y quizás, quizás, quizás porque en realidad la tomografía no lo confirma pero el único antecedente que tenemos es que el fin de semana te dolió un poquito la garganta y te tomaste un ibuprofeno y se te pasó ¿¡?
resonancia primera resonancia
que tampoco lo termina de confirmar pero es todo lo que tenemos para poder empezarte a medicar: corticoides y dos antibióticos intravenosos cada 6 y 8 horas, uno te puede causar insuficiencia renal, pero lo vamos a controlar.

medicada
de la camilla de recién llegada a mi propia cama en emergencias
(era como estar dentro de todas mis series favoritas por un rato, aunque lo único que deseaba era toparme con algún Dr. House)
junta de otorrinos en busca de un absceso
pero seguimos sin verlo, habrá que punzar…
el alien desilusionado de los otorrinos cede el cuello y decide tomar el pecho…
la piel roja, blanca, caliente, fría, al menos ya me puedo sentar
adiós a los otorrinos… en otro paper habrá que pensar…

derivada
celulitis, quizás, quizás, quizás, pero algo no termina de cerrar
adiós a los derma!
bienvenidos los odonto!
tampoco che, nada entró por los dientes
y del absceso ni hablar…
obviamente nunca logramos que viniese a verme un cirujano
ser superior rara vez desciende a ser inferior
(sobre todo si la sala de emergencias queda en el subsuelo)

¿y alguno que me mire entera? ¿de esos no habrá?

la rutina de emergencias, vivir emergiendo
cortinas amarillas todo lo demás blanco, blanco nada, blanco…
tres cartelitos en mi cabecera:
“oxígeno” - “aire médico” - “vacío”
mejor no pensar …
ver la muerte en el rostro de alguien, poder verla a los ojos y reconocerla
ver los límites, tan claros como el blanco que me rodea, de la ciencia médica,
y en esos límites vernos limitados
la finitud del ser humano
pasan mis compañeros de camilla y voy quedando,
soy extranjera
no pueden trasladarme a una sala sin autorización de la máxima autoridad
soy extranjera no un ser humano
con sus 5 minutos de fama a punto de expirar
de caso estrella de la sala de emergencias
a la extranjera ventajera que de la salud pública de otro país se quiere aprovechar…

confinada
5 días en emergencias viendo pasar la muerte a diario
y la muerte que estaba dentro se iba instalando
sin dar pistas, más bien despistando
ningún ólogo pudo conseguir aún su paper
sigan participando…
eso sí, sin consultar, sin preguntar, sin comunicar
ninguna de las decisiones que piensan tomar.

cansada
una médica lee mi historia clínica y me ve entera
las autoridades se apiadan de mi extranjería y paso a sala
Piso 12 sala 5 cama 8
otro mundo, mundos dentro del mundo,
personajes de una película de Almodóvar,
yo el mejor: gringa extranjera de clase media, lesbiana
y sin diagnóstico
pero con el transcurso de las horas la cama de hospital nos iguala…
el alivio de sentir la conexión nuevamente con el mundo real
con gente que habla, que camina, que mira la tele y escucha la radio en un hospital
mirar por una ventana
ver a lo lejos un horizonte
sentir el calor del sol en la cara
volver a empezar lentamente a caminar…
¿podré subir de nuevo tu escalera?
las condiciones materiales de un hospital cayéndose a pedazos
no todas las vidas valemos lo mismo, eso está claro
las condiciones humanas y profesionales sobresaliendo
por entre las ruinas de esas paredes descascaradas
por los años de desidias, por los años, por la desigualdad

abismada
yo en mi diálogo interno con la muerte
mirar adentro y ver oscuro muy oscuro
sentir el abismo adentro
no ver el camino de vuelta
¿me volveré a sentir bien?
¿volveré a ser yo?
sin diagnóstico
no saben qué hacer con lo que no tiene protocolo
antibiótico
como algo que se enuncia como anti-vida puede ser la salvación?
pero lo es: mata todo
y así fue
lo que fue
se fue
como vino
sin explicación
la muerte decidió irse
o yo decidí quedarme
quien sabe
una amiga de más allá me dijo
me voy yo, quedate vos
y quizás era eso o no

recuperada
no hay garantías
la vida es una lotería
estamos vivos todos los días
casi por casualidad
olvídense, no hay garantías
no hay rejas, no hay cinturón de seguridad,
no hay pactos, ni declaraciones universales,
no hay sepsia, no hay lavandina,
no hay forma de anticipar, no hay medicina,
no hay papá, no hay mamá, no hay gobierno,
no hay forma de anticipar
no hay garantías

arriesgada
la muerte es parte de la vida


marzo 2012

jueves, 13 de octubre de 2011

Veredas (2003) by yani

















...di vuelta por esa esquina,
levanté la vista y observé la vereda,
como si fuera la primera vez en mi vida que fuese a recorrerla,
esas baldosas tan idénticas, tan simétricas, tan poco vistas
esa vereda, tan constante, tan cotidiana y a la vez tan ajena.
Al terminar de levantar mi mirada sentí como lentamente me desintegraba…
como si pudiera ver cayendo sobre esas baldosas partículas de mí
Desperdigada.
Veía como uno a uno mis pies se alternaban y me llevaban
como si supieran por donde seguir
por esa vereda tan constante, tan cotidiana,
no era yo quien se desintegraba
seguía caminando
latía mi corazón
mis pulmones aún respiraban,
no eran partículas de mí misma
eran mis sueños los que se desintegraban
¿mis sueños?
¿o un sueño que albergaba mil?
caían uno a uno
esos mil sueños
dentro del sueño
me sacaba lentamente mi traje de ensoñada
Despojada.
Caminando por esa vereda tan constante, tan cotidiana
en la noche de una primavera que retrasaba su llegada
que apenas empezaba a desperezarse
coqueteando con ese fresco, tan fresco
que la visitaba de noche y a la madrugada.
¿por qué será que la soledad se siente distinto en primavera?
es como si en el aire, en esa calidez del aire
circulara la sentencia del amor
la urgencia de alguna compañía
como si fuera la estación indicada, dictaminada
para el encuentro
...no era este el momento de la vida en que teníamos que encontrarnos, te dije...
casi aliviada
buscando un esbozo de respuesta a lo inexplicable:
al desencuentro
y esa frase sonaba, resonaba dentro mío…
eco de mil lugares
frase hecha, contrahecha, vulgar
Sensata.
Ese último gesto de invitar a la mesa al destino
artilugio elegante
no soy yo
no sos vos
llegamos tarde a una cita predestinada
¿o temprano?
por esa vereda tan constante, tan cotidiana,
transitada una y mil veces
con el deseo de cruzarte
envuelta en el recuerdo absoluto
en la tenacidad  de tu ausencia
en la necesidad de tu presencia
deseo irracional
inapelable
el peso
del deseo
del amor
sin lugar
sin espacio
sin tiempo
el peso del destiempo
el tiempo de paso
por esa vereda tan constante, tan cotidiana
te amo, escuché una vez mas
y no me conmovió tu conmoción
Lejana
lejanas.
Tus palabras caían una a una
ahondando aún más, si eso fuera posible,
el abismo que nos unía y que nos separaba
el vacío palpable
el alivio de mil sueños menos
la levedad.
¿Qué hemos de elegir?, diría Kundera,
¿el peso o la levedad?
solo una cosa es segura
la contradicción entre peso y levedad
es la más misteriosa y equívoca
de todas las contradicciones
tanto como la sensación
de sentirme una extraña
desperdigada
despojada
sensata
lejana
por esa vereda tan constante, tan cotidiana.

Yani 
26-09-2003