domingo, 5 de junio de 2011

Cortázar - Me caigo y me levanto


Nadie puede dudar de que las cosas recaen. Un señor se enferma, y de golpe un miércoles recae. Un lápiz en la mesa recae seguido. Las mujeres, cómo recaen. Teóricamente a nada o a nadie se le ocurría recaer pero lo mismo está sujeto, sobre todo porque recae sin conciencia, recae como si nunca antes. Un jazmín, para dar un ejemplo perfumado. A esa blancura, ¿de dónde le viene su penosa amistad con el amarillo? El mero permanecer ya es recaída: el jazmín, entonces. Y no hablamos de las palabras, esas recayentes deplorables, ni de los buñuelos fríos, que son la recaída clavada.
Contra lo que pasa se impone pacientemente la rehabilitación. En lo mas recaído hay siempre algo que pugna por rehabilitarse, en el hongo pisoteado, en el reloj sin cuerda, en los poemas de Pérez, en Pérez. Todo recayente tiene ya en si un rehabilitante pero el problema, para nosotros los que pensamos nuestra vida, es confuso y casi infinito. Un caracol segrega y una nube aspira; seguramente recaerán, pero una compensación ajena a ellos los rehabilita, los hace treparse poco a poco a lo mejor de sí mismos antes de la recaída inevitable. Pero nosotros, tía, ¿cómo haremos, cómo nos daremos cuenta de que hemos recaído si por la mañana estamos tan bien, tan café con leche, y no podemos medir hasta dónde hemos recaído en el sueño o en la ducha? Y si sospechamos lo recayente de nuestro estado, ¿cómo nos rehabilitaremos? Hay quienes recaen al llegar a la cima de una montaña, al terminar su obra maestra, al afeitarse sin un solo tajito; no toda recaída va de arriba a abajo, porque arriba y abajo no quieren decir gran cosa cuando ya no se sabe dónde se está. Probablemente Ícaro creía tocar el cielo cuando se hundió en el mar epónico, y Dios te libre de una zambullida tan mal preparada. Tía, como nos rehabilitaremos?
Hay quien ha sostenido que la rehabilitación sólo es posible alterándose, pero olvidó que toda recaída es una desalteración, una vuelta al barro de la culpa. En efecto somos lo más que somos porque nos alteramos, salimos del barro en busca de la felicidad y la conciencia y los pies limpios. Un recayente es entonces un desalterante, de donde se sigue que nadie se rehabilita sin alterarse. Pretender la rehabilitación alterándose es una triste redundancia: nuestra condición es la recaída y la desalteración, y a mi me parece que un recayente debería rehabilitarse de otra manera, que por lo demás ignoro. No solamente ignoro eso sino que jamás he sabido en qué momento mi tía o yo recaemos. ¿Cómo rehabilitarnos, entonces, si a lo mejor no hemos recaído todavía y la rehabilitación nos encuentra ya rehabilitados? Tía, ¿no será ésa la respuesta, ahora que lo pienso? Hagamos una cosa: usted se rehabilita y yo la observo.Varios días seguidos, digamos una rehabilitación continua, usted está todo el tiempo rehabilitándose y yo la observo. O al revés, si prefiere, pero a mi me gustaría que empezara usted, porque soy modesto y buen observador. De esa manera, si yo recaigo en los intervalos de mi rehabilitación, mientras que usted no le da tiempo a la recaída y se rehabilita como en un cine continuado, al cabo de poco nuestra diferencia será enorme, usted estará tan por encima que dará gusto. Entonces, yo sabré que el sistema ha funcionado y empezaré a rehabilitarme furiosamente, pondré el despertador a las tres de la mañana, suspenderé mi vida conyugal y las demás recaídas que conozco para que sólo queden las que no conozco, y a lo mejor poco a poco un día estaremos otra vez juntos, tía, y será tan hermoso decir: "Ahora nos vamos al centro y nos compramos un helado, el mío todo de frutilla y el de usted con chocolate y un bizcochito.


http://www.juliocortazar.com.ar

viernes, 20 de mayo de 2011

jueves 2 a.m by yani


Termino de cenar con una amiga. Vuelvo al depto. ¿Taxi o bondi? son las dos de la mañana y pienso: ojalá todas las disyuntivas de la vida fueran tan complicadas como esta. No hace frío pero estoy cansada ¿taxi o bondi? llego a la parada y hay gente, quiere decir que hace rato no pasa, punto a favor del bondi. Ensayemos su espera. Convicción. Es lo que hay que tener a las dos de la mañana para esperar el bondi frente al desfiladero incesante de los autitos negros y amarillos que tientan cada dos segundos con la idea de un viaje rápido y placentero. Necesito más argumentos para la espera, porque el bondi sigue sin venir y somos más en la parada. Que cosa la noche, la noche de la ciudad tiene sus propios códigos, será que los ruidos del día no permiten detenerse y mirar a quien tenemos al lado, pero de noche, casi que nos sacamos radiografías y casi hablamos con las miradas, medimos movimientos, marcamos territorios… será que el silencio de la noche nos permite caer en la cuenta de que hay otro ahí cerca, nos permite escucharnos, escuchamos más claro hasta nuestros propios pensamientos. 1,25… 1,25 contra 30 o 40 pesos ¿no? más o menos… un libro usado en alguna librería de Corrientes o un cd de oferta en alguna cadena de disquerías en decadencia que como no entienden de buena música cada tanto se les escapa un cd bueno y barato. Me convenzo y me afirmo en la espera. Pero estoy cargada con dos bolsas llenas de cosas que van, que vienen, que aguardan ser definitivamente mudadas. Merezco un taxi porque estoy cargada. A las dos de la mañana es solo paciencia, estoicidad, y la recompensa será un bondi vacío, rápido y por sobre todas las cosas barato. Ahí viene el bondi, valió la pena la espera. Hasta que lo veo de cerca: lleno, literalmente, lleno a las dos de la mañana. Eso es Buenos Aires. Un bondi lleno de gente que va, no que viene, a las dos de la mañana. Y claro, no lo había pensado antes: hoy es jueves. La juventud sale, cuando una vuelve. Dudo en subir, pero subo, no podía echar por la borda tanta espera, sobre todo tanta reflexión sobre la espera. La otra amiga diría que no tiene sentido tanto análisis, y quizás tenga razón, pero es mi forma, de esa manera sobreviví y sobrevivo, y sin esa forma no soy yo.  Es lo que hay. La gente se agolpa en las paradas, suben de a cuatro, de a cinco y nadie baja. Es ese momento del bondi en que la humanidad olvida un principio básico de la física: dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio. Ese es un momento bien baires. Y ni hablar de las peripecias que hay que hacer si como yo, una lleva dos bolsas. No una, dos. Confirmado: son niños y niñas yendo a bailar, un jueves a las dos de la mañana. Y yo queriendo llegar para saber el resultado de una votación, de una ley, en un congreso, en otro país… ¿abismo generacional le dicen, no? ¿Y dónde están los padres de estos niños? Primer pensamiento de vieja. Y encima, están tomando de una botella de plástico recortada vaya a saber una qué cosa, segundo pensamiento de alguien que estrena los cuarenta. Trato de recordar qué hacía yo a esa edad para pasar del juicio rápido y fácil a un ensayo de comprensión empática, pero sin mucho éxito. Casi no me acuerdo que hacía yo a esa edad un jueves a las dos de la mañana o será que en mi “época” ni se nos ocurría que podíamos salir un ¿jueves?  El primer grito de la conversación de los niños me devuelve al presente y borra toda sombra de empatía naciente. ¿Por qué gritan? Porque creen que están solos en el mundo y el mundo que los rodea les importa tres carajos, me descubro ya cerca del pensamiento de vieja amargada, ¿será por la hora o será por las bolsas? Porque me niego a ser ya una vieja amargada ¿Por qué gritan? porque se sienten solos y necesitan al menos una mirada… El colectivero por suerte me rescata: “hoy salieron todos”. Y yo que pensaba viajar sentada, le digo y se sonríe, y agrego usufructuando esa complicidad que nos brinda la noche: que te sea leve porque yo en la próxima, me bajo.

Yani Azzolina 

jueves, 28 de abril de 2011

Idea Vilariño

No hay ninguna esperanza
No hay ninguna esperanza
de que todo se arregle
de que ceda el dolor
y el mundo se organice.
No hay que confiar en que
la vida ordene sus caóticas instancias
sus ademanes ciegos.
No habrá un final feliz
ni un beso interminable
absorto y entregado
que preludie otros días.
Tampoco habrá una fresca
mañana perfumada
de joven primavera
para empezar alegres.
Más bien todo el dolor
invadirá de nuevo
y no habrá cosa libre
de su mácula dura.
Habrá que continuar
que seguir respirando
que soportar la luz
y maldecir el sueño
que cocinar sin fe
fornicar sin pasión
masticar con desgano
para siempre sin lágrimas.
                                          (1955)


No miraste
Es verdad que entendés
o ése es tu juego
comprender
ver
saber
o de verdad podés ver con mis ojos
cómo no lo ves todo
no seguís hasta el fondo
no llegás hasta el fin
hasta tocar la nada
y si ves con mis ojos
y si tanto entendés
cómo cómo no viste
no miraste
un pequeño animal que pedía aire
que ardía
se asfixiaba
se moría.

jueves, 14 de abril de 2011

Ni tarde ni temprano by yani

Ella se sentó en ese bar, el de la esquina, antiguo, de los pocos que quedan en la ciudad, y que conservan ese aire gris, cansino, como de otra época y que invita a sentarse, a mirar por una ventana con la mirada perdida. Poca luz, poco ruido, ninguna televisión encendida y sintonizada en los canales de siempre, con los personajes de siempre, casi un milagro pensó, pocos comensales y mozos experimentados acodados en la barra. Esos que saben de la vida, porque toda la vida fueron mozos, que con una mirada sacan radiografías y las entregan junto al menú, con una sonrisa irónica como diciendo que el diagnóstico elaborado no será entregado de la misma forma, que queda en ellos, en su sonrisa irónica y en su saber acumulado, sobre esa barra, en ese bar, en esa esquina.
Esperaba, sin ansiedad, pero esperaba. Sabía que tenía una cita a la que no podía faltar, pero a la que no quería ir. Es el día, pensó, no hay forma de seguir eludiendo el momento, tampoco le encontró el sentido. Demorar porque sí, alargar sin sentido, tampoco es vida.
La vio entrar, y sin conocerla supo que era ella; la ausencia de ansiedad no había generado expectativas, por lo tanto, se dejó llevar por las sensaciones que se agolpaban como novedad, y de a poco se sintió eclipsada, absorta, invadida. El poco ruido, los pocos comensales, la poca luz, simplemente desaparecieron. Sólo eran ellas dos. Se levantó, y con un gesto separó la silla de la mesa para invitarla a sentarse. Su presencia era conocida, deja vú quizás de otra vida. Su mirada, su perfume, su prestancia, su altura, pero por sobre todo su mirada, le hicieron comprender que no había postergado el encuentro ni estaba llegando anticipadamente, ni tarde ni temprano: la hora señalada, en el momento justo. Antes, pensó, no la hubiese reconocido a su llegada, no me hubiera detenido en su figura, y después, qué importa del después, o en realidad sí importa, y después hubiese sido demasiado tarde… e inmediatamente vino a su cabeza  la imagen de esas frutas agrias que quedan abandonadas en las ramas de los árboles, pendiendo de un hilo, desfiguradas, pasadas, sin sentido.
Tomaron un café, establecieron las pautas del encuentro en silencio y repasaron los acontecimientos que las habían llevado hasta esa taza de café, uno por uno, sin prisas, sin palabras, sin reproches, sin medidas. Ella sabía que se habían cruzado un par de veces; una en particular había llamado su atención pero no lo suficiente, te vi una vez de cerca y tampoco hablamos, no me detuve, recordó, no me detuve lo suficiente o estuve ahí como podía.
A partir de hoy nos vamos a cruzar más seguido, le contestó, adivinando sus pensamientos, y vas a tener tiempo de detenerte, y tomarte un café, y hablar, y pensar en mí de otra manera. A partir de hoy voy a ser parte de tu cotidiano, parte del paisaje. A partir de hoy vas a pensar en mí sin necesidad de encontrarnos. Antes no era necesario. Es la ley de la vida, no en vano transcurren las horas. Y fueron sus únicas palabras. O lo que ella creyó escuchar como sus únicas palabras.
Palabras que la ubicaron en tiempo y espacio de una manera única y casi indescriptible, fue como si todo estuviese en su lugar al menos por un segundo, el pasado, ese instante, lo que resta… y de repente comprendió en esas tres palabras el significado de aquel encuentro: el tiempo que queda por delante no es todo el tiempo, es el tiempo que resta, es empezar a volver de algún lugar hacia un destino. Es otro tiempo, otro ritmo, otras luces, otros pasos.
Y ella no tuvo palabras, simplemente levantó los ojos y la miró como si todo el tiempo que restaba pudiese gastarlo en aquella mirada.
Y ambas se perdieron a través de esos vidrios, mirando sin ver, en ese bar, de esa esquina, con poca luz, pocos comensales, poco ruido, desde donde se puede espiar a una ciudad en movimiento, o que al menos cree que se mueve.

Yani Azzolina

martes, 29 de marzo de 2011

Noche adentro y no duermo

                                               de Hugo Mujica

A lo lejos, en un atardecer
en que el otoño
es un lugar en mi pecho,
comienzan a encenderse las ventanas,

mi nostalgia
por estar donde bien sé que al llegar
volvería a estar afuera.

Duelen los ojos de soñar tan a lo lejos

la frente de pensar
lo impensable de tanta vida
que no he abrazado,
tanta deuda de lo que no he nacido.

Poco a poco se apagan las luces,

es el lindero de una  noche y otra noche,
la frágil vecindad
            del miedo y la esperanza.

El último día podría ser éste que termina,
esta noche
en la que aún escribo

igual, pero sin una ausencia nueva
                                         para seguir esperando.


jueves, 30 de septiembre de 2010

reminiscencia



No podía dejar de amarla porque el olvido no existe
y la memoria es modificación, de manera que sin querer
amaba las distintas formas bajo las cuales ella aparecía
en sucesivas transformaciones y tenía nostalgia de todos los lugares
en los cuales jamás habíamos estado, y la deseaba en los parques
donde nunca la deseé y moría de reminiscencias por las cosas
que ya no conoceríamos y eran tan violentas e inolvidables
como las pocas cosas que habíamos conocido.


Cristina Peri Rossi. "Mi casa es la escritura". Antología poética.

"la única iglesia que ilumina es la que arde" by yani

En el momento que estaba sacando esta foto, allá por el derrotero del 2002 y sus paredes llenas de consignas que sirvieron de espejo de la bronca y la movilización del pueblo argentino por esos días, recuerdo que pensé: "¡qué buena frase! es verdad, la iglesia para iluminar tiene que arder". En ese momento las palabras iluminar y arder para mí tenían otra connotación. Hacía poquitos años que mi incursión en una congregación religiosa para ser monja había concluido. Sí, quise ser monja. 
Hasta los 15 años fui atea como reflejo de las ideas que circulaban por casa, pero a partir de esa edad y buscando cómo hacer para que el mundo fuera menos injusto (entre otras cosas) se cruzaron en mi vida personas que me acercaron a la iglesia católica. Comencé a participar de grupos parroquiales, iba asiduamente a misa, empecé a misionar en el verano por los campos olvidados del Chaco argentino, y en una de esas misiones dije: "quiero esto para el resto de mi vida". 

Si, también soy extremista. 
Y asi fue que pensé que la consagración religiosa era el camino. Pero me equivoqué. En vez de ver mi vida traducida en una misión permanente, que para mi significaba estar con la gente menos favorecida y hacer algo con su situación (si ya se, con los años me di cuenta que era más fácil seguir la carrera de Trabajo Social para alcanzar el mismo objetivo) me vi sumergida en una experiencia única pero poco recomendable: consagrar mi vida a sostener a la iglesia como institución. Para eso debía vivir en la obediencia, la pobreza y la castidad. El primer paso que tuve que dar fue olvidarme del “yo” con el que llegaba y a mis 20 años verme en la situación de tener que pedir permiso para todo, a mi maestra o superior, acción que me iba formando, según me explicaron, en OBEDIENCIA y me preparaba para asir mi voluntad a la del "señor" que solo tenía comunicación directa con los superiores, vaya a saber una por qué misteriosa cuestión (¿será por lo vertical de la institución?). La POBREZA era real, vivíamos de nuestro trabajo, comíamos lo que podíamos comprar y el trabajo era comunitario, vivíamos en comunidad, situación que me sirvió muchísimo para aprender sobre mí y sobre la humanidad (claramente los fondos que recibe la iglesia del estado quedan en los mandos superiores). Ahora, la CASTIDAD... señoras y señores... qué problema tiene la iglesia con la castidad, el primero y más serio, a mi entender: es que la castidad NO EXISTE per sé, y sólo sirve para no asumir una de las cuestiones esenciales a las que debemos enfrentarnos los seres humanos y que es: nuestra sexualidad y qué hacer con ella. En mi caso mi homosexualidad, como en el de tantas y tantos otras y otros con las que conviví o a los que vi vivir (para ampliar este tema recomiendo los escritos de Santa Teresa de Jesús sobre las “amistades particulares” y entenderéis más claramente de lo que os hablo). El mandato de la castidad otorga la licencia para "tapar" dicha cuestión, y creer que con solo decir que se quiere ser casto se es de hecho y ya (escribiría en un retrete: “si lo que quieres es huir de tu sexualidad: conságrate”). 
La iglesia toma a un jesús casto, pobre, obediente y para nada humano como modelo (moldeado por ella misma) como ideal y pretende que todas las vidas se apeguen a esa figura. Ideal poco real de una figura inalcanzable (y poco recomendable de alcanzar). De ahí se derivan los obispos con hijos, los curas con sus seudo esposas clandestinas, las monjas con sus “amigas particulares” y sus amigos seminaristas y los casos más terribles pero no por eso poco extendidos de curas pedófilos. 
La iglesia parte de la negación de la sexualidad como una realidad, y con ese mecanismo casi mágico e infantil pero muy efectivo, pretende que algo que no puede resolver a su favor simplemente no existe, lo que se convierte en una olla a presión, porque no está negando cualquier cosa, están negando uno de los impulsos básicos que nos mantienen con vida. 
Pero no satisfecha con este hecho y haciendo alarde de uno de sus principios de supervivencia, pretende la “universalización” de esta negación. En esta pretensión de universalización de lo que ella “cree”, de lo que ella “piensa” es donde a mi entender la iglesia comete su mayor pecado. Porque no me voy a poner a discutir creencias, las creencias no se discuten, a mi entender no están en el orden de lo “racional discutible”, lo que si voy a cuestionar es pretender que esa creencia sea universal, única e inamovible para todos. Porque yo también lo pretendí en algún momento y me di cuenta de que estaba equivocada. El dogma no humaniza.
Por eso para mí las palabras “iluminar y arder” en ese momento significaban que la iglesia debía reencontrarse con su pasión para dar luz al mundo en el sentido más “iluminista” de la palabra. Si, soy muy ingenua también. 
Es que hay gente maravillosa y sobre todo muy valiosa en sus filas y de las que intenté acordarme todos estos años para rescatar algo positivo y retrasar el verdadero significado de las palabras de la foto. 
Pero pasado el tiempo y los hechos y llegados al día de hoy entiendo y siento que iluminar y arder, significan fuego y destrucción para una institución que no solo atrasa, obstruye, complota y discrimina, sino que también convoca a una guerra contra el amor y los derechos de quienes no piensan como ella y no le hacen mal a nadie, mientras sigue siendo cómplice y culpable de apañar criminales y sigue negando realidades solo para subsistir como institución y no perder el poder político, económico y social que le brinda dicho status.
Recuerdo nítidamente el día que decidí irme. Almorzábamos en el noviciado un grupo de compañeras con la superiora y otras monjas y se hablaba de la última presentación pública del estado financiero del vaticano, y una de las monjas ironizó: “habría que ver cuáles son los números reales, ¿no?”, a lo que inmediatamente reaccionó la monja que tenía sentada a mi lado tapándome ambos oídos con sus manos, en un gesto que no impedía lo que ya había escuchado sino más bien me indicaba: hacé de cuenta que no lo escuchaste… y en ese preciso instante imginé que el día que hiciera mis votos de obediencia, pobreza y castidad y pusieran en mi cabeza el velo que lo confirmaba, en ese preciso momento iba a perder la capaciadad de pensar por mí misma, la imagen era muy gráfica: el velo anulaba mi cerebro. Y podría haberme quedado y dar la batalla desde adentro como me planteaban mis amigos y amigas, pero luchar contra la iglesia como institución desde adentro es una falacia, porque el mismo movimiento que una cree que sirve para combatirla, a ella le sirve para sostener y perpetuar su poder. Por eso me fui, por eso la apostasía... y claro: estudié trabajo social… pero eso es otra historia.

Yani Azzolina
13 de julio de 2010